El Duque nos pone en Antecedentes

Gustaríame dar a conocer que en mi otra vida no fui descortés, menos aún con señoras o señoritas, ¡todo lo contrario!, siendo como siempre he, un hidalgo caballero que a su paso rendía mi sombrero enviando una grácil sonrisa y un saludo muy cortés .

Con elegancia y el porte bastábame para la atención llamar, de manera que así comenzó todo. Como soldado de los viejos tercios aprendí en la camarada, que proteger debes a tu compañero, ¡y así pasó! Quien me conoce en las dos batallas sabe que siempre cumplo y cuido su espalda, pero ya saben vuestras mercedes que nada tiene que ver la de un fiero guerrero empuñando pica, arcabuz o el acero de su espada en medio de la sangre de enemigos que quieren enviarnos a criar malvas…, a la de una delicada dama o damisela, ¡ahí, pierdo el alma!

Lengua nunca me faltó para lo bueno y para lo malo…, pluma tampoco, así que en cientos de ocasiones quien pedía consejo de faldas llevábase una bella carta a su princesa y con el tiempo, ¡pardiez!, ¡lo que jamás imaginé!

Algún despistado por solicitud de una bella señora, contó que había un poeta que en prosa castellana expresaba en temas de amor, ¡lo que le daba la gana!, pero que grandes eran los resultados, pues no se conocía fracaso tras el contenido plasmado con su tinta, todo lo contrario, a partir de ahí el camino era un rosario para quien con sabia había pagado esas palabras cargadas de ternura y pasión.

Corrióse la noticia como la pólvora y desde ese preciso día, al rendir mi ala ancha y regalar la sonrisa con un…

-¡Buenos días señora!, “a sus pies van creciendo pétalos de amor” o “sin su presencia la vida no es sueño”, “mi corazón por un suspiro”. -¡He aquí unos ejemplos!

Lo que antes quedaba en simple galantería, convirtióse de pronto en esencia de bellas, tiernas y dulces fechorías, ¡pero no piensen mal!, se lo ruego, que siempre avisé del problema que tenía con el corazón, ¡perdón!, en plural que eran dos y ambos dispuestos a dar el cariño solicitado a base de pasión y devoción.

Así pues y visto el resultado, convertíme para unos en un hombre de cuidado y para otras, un tierno hidalgo que quiere ser amado. Esta es la historia que describo de la realidad y que ahora por Divino decreto he de arreglar.

 

El Duque del Altozano y sus consejos para cortejar y lidiar.

Bienvenidos todas y todos:

Resucitado me han por Divina orden para así pagar los pecados que en otra vida hice, pues no había doncella o dama que en éste corazón no tuviera espacio, ¡así pasó! Entre guerras y batallas a sangre en manos llenas, tiempo siempre tuve para curar el amor de alguna señora o señorita, ¡no por mi!…, ¡sino por nos!, pues de saber es que una mujer enamorada jamás añora otra almohada que no fuere la suya.

Tiempos complicados aquellos en los que los hidalgos y nobles defendían las Españas muchos meses e incluso años sin aparecer y ellas…, ¡sedientas del calor humano! ¡Y claro!…, viendo la pena en sus hermosos ojos y la cicatriz en los labios, éste que narra la historia nada podía hacer, pues por delante estaba devolver la sonrisa que tanto les faltaba.

Sabed que mal hice, pero no por jorobar sino por dar la felicidad añorada. Ahora que en bicho me han resucitado en el año 2.105 de nuestro Señor, en Alcorcón, tierras colindantes a las que crió al Gran Don Juan de Austria, hállome cumpliendo condena como ave de paso. Así pues escuchad mis sabios consejos sobre cortejos de amor, pero no caigáis en la misma sinrazón que se apropió de mi calzón, todo lo contrario, será para mi un honor y me place ayudar a quien necesitado estuviere, ¡ya sea ella o él!, para que al final la historia no se repita jurándose así, fidelidad y amor según la Santa Iglesia y dicho ya sea de paso, salvar mi ano del gran comendador de las tierras del averno, lugar en el que tengo una reserva si no cumplo con acervo y devoción la misión que Dios me encomendó.

A vuestras mercedes espero.

Don Ferrando- Duque del Altozano-

La pluma del Duque del Altozano.

Cuanta alegría alberga mi corazón cuando veo que entran mis amados lectores, ¡o amadas!, ¡caray!, que adaptar me toca la pluma a la realidad de hoy.

Deciros quiero y necesito, que obligado me he visto a plasmar sobre el papel si así fuere o con un teclado que también vale, las venturas y desventuras de un curioso emplumado, quién acercóse y posó frente a mi hablándome  en viejo castellano actualizado.

Hoy y después de escucharle en gran número de ocasiones, aún pienso… si se me estará yendo la cabeza o mejor dicho, ¡lo que aún quede de ella!

Debéis saber que al principio me negué para no ser dado por loco, pero tan elocuente, simpático y constante fue, que al final ganóme la partida, así pues, libertad les dejo para juzgarme pero sobre todo, para que vuelen sus excelencias por otros mundos disfrutando del gracejo e historia de tan ilustre personaje.

¡Ave que vuela a la cazuela!, así se lo dije en un mal momento. Desde entonces callo y escucho, ¡que tiene mal carácter el avecaballero!, no obstante es más lo que me da en aderezados y azarosos consejos el del blanco y anaranjado pico, que en sustancia y sabores, así pues y para vuestras venias, preséntoles al Duque del Altozano, un hidalgo caballero que en otros tiempos, allá por el siglo XVI fuere un gran soldado de los viejos tercios de Flandes y el mayor de todos los conquistadores habidos y por haber, ¡a damas y doncellas me refiero!

Suéltense por ello sus señorías, que como antaño ya bien se decía, la vida sueño es, por ello les brindo las hilarantes venturas y desventuras de quién obligado se ve a cuidar del corazón de otras y otros sin poder pensar en el el suyo, ¡al del calzón…, claro está!

Sepan que cumplir debe y con obediencia para purgar la lujuria de sus pecados en ésta pájara vida que ahora le ha tocado, con pulcra gentileza ayudando a quien necesitare a encontrar su eterna pareja, pero no según su costumbre, sino la de las Santas Iglesias o Juzgados, así pues, si un consejo da que no lleve este camino, condenado se verá al averno, conociendo el infierno y al demonio…, que por detrás le dará.

Un fuerte abrazo y besos para quien proceda,

Fernando Cotta