Fernando Cotta

El Duque del Altozano a tinta y pluma – III –

Pisando firme cuando podía llegó a su primera morada, allá donde las bellas lozanas esperaban escuchar los versos que de su pluma escribía para hombres, doncellas y puritanas, acabando en miles de ocasiones, recitándolos él mismo por la mañana.

— ¡Buenas tardes Don Ferrando!

— ¿Buenas tardes?, qué rápido se me ha pasado el día, ponedme de beber, pero en esta ocasión con saber, no sirváis mis vasos, que ya lo haré yo.

— ¡Como ayer entonces!

— ¿Como ayer?, pues sírvame vuestra merced, pero con calma, que hoy ando buscando lo que me queda del alma.

¡Buenos días Sra. Marquesa!:

En este soleado día donde algunos alcanzan la gloria y otros esperan el turno de la victoria, aprovecho antes de seguir con mis labores, a deciros que…, ¡esta mañana estabais linda con honores!

Ese pantalón que os pusisteis, embellece vuestro precioso rostro, ¡sí!, y no me digáis que me deje de palabrerías, pues no hay nada más bello que disfrutar de la sonrisa cálida y prieta del ajustado velo que lo acaricia.

¡Qué envidia!, ¿y si paso por el sastre le digo me transforme en un lindo y ajustado calzón? Qué sueño, qué anhelo, por fin tocando el cielo, pero y…, ¿si me deja hecho un desastre?, cuanto riesgo, ¿o no?, sentir ese balanceo que ahora solo veo, puede acarrear consecuencias imprevistas.

¿Lo veis?, no soy yo, es la tentación divina, o quizás el mismo demonio, que quiere que tiente para disfrutar y meter el diente…, donde hasta ahora no he podido ni por oriente ni por occidente. Otra cosa es poniente y… ¡Ummmm!, levante. ¡Que gozada y todo por delante!

¿Qué culpa tiene este desposado?, todos los días una obra de arte pasa por la antesala, alcoba y cocina, sin poder hacer otra cosa que observar la menina, ni palpar las poderosas razones de quien siempre he amado, hasta el punto de haberos transformado en mi única golosina.

Dejadme hacer y haré que sintáis el calor del fuego amable, para que con el roce se fundan nuestras drogadas almas, del natural narcótico que generamos mientras nos vemos, tocamos y nos besamos. 

Vuestra merced juega con ventaja, consciente del anhelo de mi fantasía, puesto que sabéis que os rindo pleitesía, mientras mi garganta se seca y acongoja cada día y tarde, hasta que el sino, crece y crece dando tanto dolor…, que arde. 

Siendo la hora de tornar a otra escritura, donde los bravos no riman pero saben lo que dicen, os dejo pensando en la montura, y a Dios gracias, para que no me parta un rayo y permita volver a ser jinete de trote y galope, hasta donde el cuerpo aguante, todo el tiempo por delante.

— Vive Dios que sois osado!,  ¿pretendéis que estando las cosas como están, le entregue esa misiva situándola con dulzura a su lado?

— ¡Pardiez, querido amigo!, pongo la mano en el fuego. Podéis estar seguro que no me quemo, quizá vuestra merced sí lo haga, pero entre el ego de sus pechos, con ésta perderá la entereza que hasta ahora está protegiendo, pues no hay mayor amor, que aquel que nace del odio de un error. Y recordad, sujetad bien los machos, que de esta no saléis…, ¡ni a cachos!

 

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