Fernando Cotta

Un instante frente al espejo.

Encallada la luna en las pupilas del navegante de tinta y tintero, con la vista al frente, ausente…, y en su mente, a rápidos destellos le llegaban las chispas del firmamento. Interrogantes de los meas culpas y arrepientos unas, y otras…, lamentos. Vive el momento cual frágil rosa, absorbiendo el aroma del aire que respiras, el aliento del frío, la gloria de un desvarío y en la soledad del alma…

-Domingo de lluvia, cerezos en flor, ¡dime qué quieres de la vida para recuperar el amor!

-No hay vida sin amor, ni amor sin vida. –Le contesta el triste e incierto trance.

Ni gloria que acompañe al despertar, salvo la niebla que tiene delante, cortina de reflejos teñidos de la austeridad de sus entrañas, sentimientos que vuelan y vuelven cada ciclo de la nada, vacío intenso del corazón que se expresa solo en el pecho, latidos que duelen, aprietan sin aparente congoja y que en el destierro de la presencia, son el sitio y asedio de su suerte.

-Hoy es el día, el momento en el que la armonía llena el hueco de mi lecho, la singularidad del que rompe el instante para seguir adelante. Hoy es el día, ¡vete felonía!, tráeme los despojos de quienes por amar, se engañan, y de quienes por vivir, a silencios matan. ¡Gracias vida mía!

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